UNA UNIVERSIDAD DIVIDIDA: FIESTA PARA POCOS, OLVIDO PARA MUCHOS

Kevin de la Rosa

Cada aniversario universitario tiene su propio ritual. Y no, no hablamos del artista principal, ni de los aplausos en las gradas. Hablamos, por supuesto, de la pomposa puesta en escena de la nobleza universitaria.

Ahí estaban, como cada año, los de siempre: rector, funcionarios, administrativos, acompañados por sus pares del gobierno local, todos bien acomodados al frente del escenario, en una zona especial, apartada del resto. Ingresaron por accesos exclusivos, custodiados por elementos de la SSPM, recibidos con alfombra roja, cócteles nocturnos y sonrisas serviles del staff. Una escena tan ajena a la universidad como lo es una Suburban blindada a un camión de transporte.

Del otro lado, el pueblo llano. Ese que accede al evento tras donar un juguete y hacer fila entre empujones y confusión. Ese que, durante el día, asiste a clases en salones deteriorados, con laboratorios desactualizados, maestros sin plaza y estudiantes que cada semana intentan sobrevivir a un sistema que parece diseñado para ignorarlos.

La división no era simbólica, era literal. El acceso “VIP” no solo abría puertas, marcaba jerarquías. Mientras los asistentes comunes eran dirigidos a gritos por radios mal coordinados, los invitados especiales eran escoltados con amabilidad y agradecimientos. No hubo protocolo, solo improvisación para unos, atención personalizada para otros.

Y mientras la noche caía sobre el estadio Olímpico Benito Juárez, la universidad se transformó. Un espacio pensado para impulsar el deporte universitario se convirtió en un gran escaparate de luces LED, pantallas gigantes, torres de sonido y escenografía digna de festival internacional. No fue construido: fue montado con la fuerza del dinero. No de un patrocinador, sino de recursos públicos. Y no es que no haya dinero, el problema es cómo —y para quién— se ejecuta.

Entre la multitud, linternas de celulares, selfies, la ola. Un momento de entusiasmo genuino que contrastaba con el silencio que recibieron los estudiantes que protestaban a las afueras del recinto. “Sin materiales, sin transporte ni respeto”, “Alejandro Fernández canta, al cabo Juárez aguanta”, decían sus pancartas. Pero no hubo respuesta. Apenas miradas esquivas y alguna que otra agresión verbal, cortesía de quienes prefieren ignorar lo incómodo si el show sigue en pie.

Frente al escenario, en sillas acolchonadas y ropa de gala, el rector y su comitiva aplaudían satisfechos. Atendidos por chefs y asistentes, parecían más anfitriones de una gala privada que administradores de una universidad pública. Mientras miles de estudiantes hacen cuentas para llegar a fin de mes, ellos celebran el aniversario como si no hubiera urgencias en los campus.

Porque esa es la contradicción: una universidad que pide empatía, pero celebra con opulencia. Que se dice al servicio de la comunidad, pero ignora a la comunidad que la sostiene.

Dicen que todos somos parte de la universidad. Tal vez. Pero hay quienes disfrutan la fiesta, y quienes cargan con la cuenta.

Y, claro, todos somos iguales. Aunque, como decía Orwell, unos más que otros.

Créditos: Pablo Adrián V.